Rafael González-Palencia @juanblaugrana

16.02.2022 23:42h Actualizado: 17.02.2022 08:19 h.

2 min

Fabietto: "Papá, ¿crees que vendrá Maradona al Nápoles?"
Saverio: "De ninguna manera. Jamás dejaría Barcelona por esta mierda".
('Fue la mano de Dios' Paolo Sorrentino, 2021)

Cien años después de la llegada de Xavi al banquillo, el Barça debuta en la Europa League todavía sin el respaldo de una racha de buenos resultados pero con la impresión de que al fin ha conseguido transformar sus huesos de gelatina en algo parecido a un esqueleto sobre el cual sostener su fútbol. Está por ver si eso basta a los azulgranas para superar una eliminatoria a doble partido contra el Nápoles, uno de esos equipos italianos hechos de pasta integral que se vuelven bastante más contundentes en el plato de lo que dicen los ingredientes de su receta. Por lo pronto, los partenopeos han ganado cuatro de sus últimos cinco partidos. El Inter fue el único rival al que no pudieron indigestar del todo, aunque le provocaron la acidez de un empate.

La reconstrucción azulgrana avanza allegro ma non troppo y línea por línea. La recuperación de Pedri y el afinamiento de un juego de posición basado en un cuadrilátero de dos mediocentros y dos interiores han ayudado a devolver sentido al centro del campo culé. Los fichajes del mercado invernal, especialmente los de Ferran Torres y Adama, han devuelto al segundo plano a jóvenes como Jutglà o Abde, que fueron reclutados de emergencia para sumar arrojo a la delantera. Aunque sí, sigue pendiente el asunto de que la defensa culé no tenga la consistencia de un flan regurgitado. Pero ya sabe cómo es eso en el Camp Nou desde tiempos inmemoriales: el que no está lesionado o recuperándose de una lesión tiene 35 años, y viceversa.  Así que el Barça aún no tiene la categoría de una pizza, alimento de referencia por su equilibrio, sustancia y generosa producción de sonrisas con cada porción, pero eso sí: tampoco es ya la empanada grumosa que fue. 

Incluso con todas sus endebleces y una cuenta de errores no forzados tan extensa que dejaría a Djokovic sin tantos Grand Slam como le va a costar su terquedad de no vacunarse, el fútbol azulgrana ha recuperado velocidad y entereza, tanto física como mental. Que Luuk de Jong sea la alternativa para marcar un gol en el descuento y no la única referencia posible del ataque resulta alentador. Que dos jugadores como Gavi y Traoré multipliquen exponencialmente la fortaleza de la primera línea del equipo, no solo cuando llevan el balón sino también cuando no lo tienen, es un bálsamo para un Barcelona maltratado en exceso durante una ingobernable primera parte de la temporada. Y, por supuesto, que un cada vez más certero desempeño en la elaboración del juego acabe con la pelotita entrando en la portería lo cambia todo. Incluidos, a mejor, el ímpetu para presionar arriba y la determinación para no meterse atrás.

Al Barça solo le hace falta ganar cuatro partidos de cinco y empatar el otro para sublimar esta efervescencia, dejar de revolcarse en el pasado a cada oportunidad (Messi fallando penaltis contra el Madrid, la vuelta contra el Nápoles en el Diego Armando Maradona, lo que pensaba El Cholo de los entrenamientos de Guardiola... ¡todo una pérdida de tiempo!, ¡arenas movedizas de la nostalgia!) y ser de nuevo el lugar al cual el fútbol mira con la sensación de que algo digno de verse está a punto de a pasar. Ese momento, llegue cuando llegue, será el auténtico nuevo principio de un club del que tengo claro que Dembélé se arrepentirá de haberse marchado.

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 
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