Rafael González-Palencia @juanblaugrana

27.10.2021 22:54h Actualizado: 28.10.2021 10:17 h.

2 min

Todo en este Barcelona funesto está sobredimensionado. Especialmente, lo malo. Perder tres de los últimos cuatro partidos en Liga y dos de los últimos tres en Champions, celebrar -por decir algo- 100 partidos de un futbolista tan indecoroso como Coutinho o bien acabar un Clásico con el coche del entrenador zarandeado son episodios que le dejan a uno tan exhausto como esa eterna milla verde que recorría Ronald Koeman. Destituido en diferido por deméritos propios desde hace semanas, el héroe de Wembley arrastraba sus pesadas cadenas de condenado como si el pasillo hacia la silla eléctrica fuera el interminable y gélido recorrido del tren Transiberiano.

El bochorno contra el Rayo y el pufo ante el Real Madrid tienen más similitudes de las que aparentan, y todas giran alrededor de una trampa dialéctica que al ya ex técnico del Barça se le escapó hace tiempo de las manos. Una y otra vez insistía en que hacía lo que podía con lo que tenía, aduciendo que el equipo generaba ocasiones pero tenía poca puntería, mala suerte o escasa calidad en posiciones clave. Lo reiteraba sin percatarse de que cuantas menos ovejas de lana gruesa hay en el rebaño más necesaria es la guía de un buen pastor: precisamente porque el Barça tiene peor equipo que el año pasado, los desmanes de su técnico quedaban más al descubierto. Y no son pocos.

Que los dos interiores del Barça no se den un pase entre ellos ni aparezcan jamás a la espalda de sus marcadores, el desmedido peso ofensivo de Dest en una banda derecha insólitamente despoblada, la errática distribución de futbolistas en un ataque donde creadores y rematadores se mezclan sin ton ni son, el continuo tapón con que se encuentra Jordi Alba por esa misma razón o la insistencia machacona en el balón diagonal a un jugador que recibe de espaldas en la posición de mediapunta son ya graves. Pero palidecen ante la nula capacidad de Koeman para indicar a sus hombres cómo neutralizar las virtudes de casi cualquier rival. Es tan bien sabido que Alaba es el defensa del Madrid que mejor saca la pelota en conducción como que el fuerte de Vinicius es el uno contra uno, y ni a uno mandó presionarlo ni para el otro dispuso ayudas en el marcaje. De la disposición del Barça en fase ofensiva ante el Rayo mejor ni hablamos. Complicado hacerlo peor con tanta facilidad para crear superioridades. Nadie al espacio excepto El Kun, todo fiado a paredes lejanísimas y mil facilidades para los defensas vallecanos.

Como le decía la monja interpretada por Susan Sarandon en Dead Man Walking al presidiario Sean Penn, "la redención no es una especie de ticket de entrada gratuito que obtienes solo porque Jesús ya pagó el precio. Tienes que participar en tu propia redención. Te lo tienes que trabajar". Se trataba de un aforismo cierto para muchos futbolistas de la plantilla actual casi tanto como para su técnico. Pero el barcelonismo en pleno sabía que era una sola persona, el president Joan Laporta, quien tenía un trabajo que hacer.

P.D.:  Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 
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