Rafael González-Palencia @juanblaugrana

15.08.2020 08:43h Actualizado: 15.08.2020 08:49 h.

2 min

Todo comenzó en enero de 2018, cuando el Barça fichó en el mercado de invierno a un mediapunta estrella de la Premier League para ponerlo a jugar alternativamente de interior, extremo y medio estorbo a pierna cambiada. El efecto fue casi inmediato... para el Liverpool, que empezó a campeonar como un salvaje. Y todo terminó ayer, cuando ese mismo mediapunta, cedido al Bayern después de convertirse en el Camp Nou en el futbolista brasileño más triste del mundo, marcó un doblete en cinco minutos y convirtió la debacle azulgrana en esta Champions sui generis en ignominia.

Pocos apostaban en el mundialito de Lisboa por que el Barça iba a recibir otra cosa del campeón alemán que un severo correctivo. Pero la realidad del desempeño culé, su inoperancia ofensiva ante un rival con la defensa sucidamente adelantada y frágil como una hoja seca, la esclerosis de todo su esqueleto táctico, fue apabullante. En los buenos tiempos, estos mismos bávaros se podían haber llevado tantos goles como los que marcaron anoche con toda facilidad. Pero ya no existen en el Barça otros tiempos que este verano de nuestro descontento.

Se podía prever que el final de un ciclo tan inigualablemente dorado como el vivido alrededor de Messi y de una idea de fútbol que ayer honró más la apisonadora rival que el propio Barcelona sería estruendoso. Pero no que se iniciaría con la salida del club de un talento brasileño caprichoso y la contratación de otro, Coutinho, en apariencia mucho más formal. Las semillas de la perdición florecen en los terrenos más inesperados.  

Setién, su último jardinero, ha sido poco más que el pánfilo de Rick Moranis en La Tienda de los Horrores, un pelele en manos de una planta carnívora sedienta de sangre. El Barça lo ha devorado, pero no hay que eximirlo de su responsabilidad: salir con un doble pivote a unos cuartos de la Champions quedará para la historia como el encabezado del episodio más patético de un técnico azulgrana en la Copa de Europa. Hasta las vacas de su pueblo le volverían la espalda si entendieran algo de fútbol.

Mi memoria solo alcanza a recordar un precedente parecido, una ida de octavos contra el Stuttgart (qué casualidad) en la que Guardiola sacó su aguja de bordar mediocampos y trató de coser juntos en paralelo a Busquets y Yaya Touré. El pespunte aguantó tan poco que acabó con Touré camino del banquillo en el 53', un empate que no fue derrota de milagro, y Yaya empaquetado al Manchester City al final de ese misma temporada.

Ay, si arreglar el Barça fuera tan sencillo ahora...

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 

 
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