Rafael González-Palencia @juanblaugrana

15.06.2022 23:38h Actualizado: 16.06.2022 09:02 h.

3 min

Recuerdo la sensación de estar ante un buen documental de National Geographic la primera vez que vi jugar a Frenkie de Jong con el Ajax. Sus pantorrillas de guepardo mantenían la cámara que transmitía el partido en una continua tensión. Sus movimientos cuando entraba en contacto con el balón eran el material del que están hechos los sueños felinos. Un acelerón intrépido de salida, un quiebro vertiginoso pocos metros después, una cadera liviana pero metálica repeliendo la acometida de un rival, y un camino que parecía sepultado por la maleza se abría de pronto ante la feroz acometida de un depredador natural del centro del campo. Y adonde no llegaban sus cuartos traseros lo hacía la dentellada de su golpeo, siempre aplicando a la mordedura la presión necesaria para quebrar el hueso defensivo de los rivales.

En el cénit de su fulgurante carrera como ajacied, el estropicio que le hizo al Real Madrid en la Champions fue morrocotudo. Por lo tanto, su inminente fichaje por el Barça, declaraciones de amor mediante, tenía el potencial de alborar una nueva era de dominio azulgrana. Ni más ni menos. Obviamente, la especialidad de Frenkie era modelar espacios con el balón enganchado al pie como un yoyó que va y vuelve sin parar, un estilo en las antípodas del de Sergio Busquets. En sus abundantes mejores años, el de Badía siempre se las arregló para mantener al rival suspendido de una cuerda atada a su dedo acumulando tres minutos escasos de contacto real con la bola en cada encuentro. Había más partido en su cabeza que en sus pies. Sin embargo, al Barça se lo presumía en medio de una evolución imparable. 'Juego directo' era el sintagma de moda en aquellos años que ahora parecen ceniza exhalada por los siglos.

Y eso, como sabrá usted, astuto lector, significa una cosa por encima de todas: clarear campo para los delanteros. En el Barça del metrónomo y las posesiones largas, el más laureado de la historia, el espacio siempre escaseó y la clave del ataque fue el cambio de ritmo. Los mecanismos principales para propiciarlo, dos: pases diagonales al cuarto hombre y ruptura de líneas en conducción por parte de los interiores (los mágicos Messi e Iniesta), que hacían saltar a los centrales y laterales del rival y generaban pasillos a su espalda. Un pivote como De Jong, capaz de romper líneas y bascular con la pelota ya desde la mismísima 'cueva', tenía el potencial de ampliar ese contexto de juego y abrir una grieta tras otra en dirección a lo más hondo del campo rival. Pero no fue eso lo que sucedió, sino todo lo contrario: Frenkie vive en cautividad desde que llegó al Camp Nou. La sabana donde atemorizaba a sus presas es mera nostalgia. Y sus garras están romas de tanto rascar contra las paredes del escueto triángulo al que ha quedado reducido su mapa de calor en el césped. 

No hay rincón de esa jaula donde el rubio no se tope de narices contra un fornido barrote. Aún podría ser el nuevo vértice del equipo, pero lo cierto es que Xavi prefiere más equilibrio y menos recorrido. Como interior puede seguir siendo titular, pero Pedri ya lo ha adelantado por la derecha y por la izquierda, y Gavi pinta a que lo hará en cuanto Luis Enrique y el ilustre Hernández charlen tres cuartos de hora por teléfono. La temporada que viene, además, implica un crecimiento salarial en el contrato blaugrana de Frenkie. Y, como ya hemos apuntado en este blog, es uno de los pocos titulares transferibles en un club endeudado hasta la náusea y necesitado de nuevos referentes. Así que tiene toda la pinta de que le va a suceder lo mismo que a tantas otras fieras que en el mundo han sido: lo van a vender a algún zoo que pague bien. Y no es que el Barça se equivocara fichándolo. Es, sobre todo, que sus últimos entrenadores han sido unos cobardes (ha jugado más de central que en su posición, por el amor de dios) y el actual necesita que el puzle encaje por encima de todos y de todo lo demás. 

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 
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