Rafael González-Palencia @juanblaugrana

01.08.2019 09:29h

2 min

Algo se murió en el alma del Barça con el fichaje de Griezmann. Aunque ese 'algo' no era necesariamente bueno. De hecho, no pocos culés ven con simpatía que haya cierta claudicación en ese romanticismo pazguato de jugar la final de Copa con el portero suplente o de llorar la marcha de canteranos que están para Europeos sub 19, para fardar en Instagram y para poquito más.

El presumido Antoine se destapó el verano pasado como un narcisista antipático, capaz de renunciar a un jardín de las delicias por seguir siendo la flor más hermosa en un bosque de alcornoques. Pero la realidad fue tozuda: un año después y con 80 millones menos de cláusula había que ficharlo si se podía, porque seguía siendo un espectáculo de futbolista. Que también lo fue Coutinho hasta que se convirtió en el brasileño más triste del mundo, de acuerdo. Pero verá usted, astuto lector, Griezmann ofrece algo más. Me explico.

Perder a Neymar, como perder a Villa o a Eto'o en su día, afectó al Barcelona de una forma no solo moral sino también matemática. La MSN pasaba de los 110 goles por temporada con toda facilidad, y por las cuentas y proyecciones de principios de 2019 parecía que Dembélé podía ser la nueva X de esa ecuación apisonadora. Pero había truco en la contabilidad: el adorable Mosquito es un número primo, uno de esos jugadores bulliciosos y guadianescos que se pasan 10 partidos seguidos metiendo un gol cuando salen del banquillo. 

Eso les otorga gran valor estadístico, pero no el carisma para sembrar el miedo en el corazón de los rivales mientras escuchan el himno de la Champions. Observen en la foto de cualquier alineación esa cara de Ousmane de estar haciendo una división con decimales, compárenla con la sonrisa pirata de Luis Suárez y verán a lo que me refiero.

Una foto de Luis Suárez y Ousmane Dembelé celebrando un gol en el Santiago Bernabéu / EFE

Griezmann, sin embargo, no solo suma sino que también intimida. Desde hace diez años, en sus comienzos en la Real, cualquiera que lo ve sobre la hierba reconoce a un depredador al que hay que marcar de cerca. Este Barça valverdista, menos dominador y más inestable, necesita ese colmillo. Ha de contar con tres primeras espadas en su tridente, no con dos y un cuchillo de pelar la fruta.

Además, en no pocas encerronas atléticas que acabaron con los huesos del Barça amoratados vimos un patrón repetirse hasta la saciedad: recuperación rojiblanca en campo propio y salida rápida con paredes, creando superioridades gracias a que los delanteros bajaban a devolver el balón a un toque de espaldas al área y se desplazaban con velocidad hasta el siguiente sector. 

En solo dos partidos de pretemporada azulgrana se ha podido comprobar que Grizzi es capaz de adaptar esa partitura a la fase ofensiva del Barça, que en los últimos tiempos perdió capacidad de dar velocidad a la pelota entre las líneas defensivas rivales.

Antoine no solo es una espada, es un bisturí. Su impacto en la ofensiva azulgrana puede ser brutal. Sobre todo por la que montará Leo si le devuelven balones precisos al espacio cuando arranca en diagonal desde segunda línea.

Con lo poco que se ha visto, si yo fuera Neymar, ya estaría aprendiendo chino. O bajándome el sueldo pero mucho.

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 

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