Al barcelonismo ya se le hace larga la espera. La eliminatoria de cuartos de Champions contra el Paris Saint-Germain que empieza este miércoles será el Rubicón para un proyecto comatoso, fiado a que abril no sea cruel sino benévolo y, a la postre, distinguido. Colarse entre los cuatro mejores de Europa tras los últimos años de bruxismo y tentetieso sería suficiente para abrillantar el escudo. También porque el rival en una muy hipotética semifinal sería el Atlético o el Dortmund, ambos insignes malditos continentales. Pero, sobre todo, porque no hay para el Barça sortilegio como el de Wembley.
 
El problema es que el cántaro de leche tintinea sobre un pedregal. Luis Enrique, entrenador de los parisinos y más culé que el balón del escudo, fue el último gran innovador del fútbol azulgrana. Y obvia decir que, de entre sus sucesores, Xavi Hernández se ubica en el nada selecto grupo de los que dejan de ser entrenadores del Barça porque han hecho jugar bastante mal al equipo durante generosos periodos de tiempo. Pero no solo preocupa el ardid que el asturiano prepare para su ex discípulo desde lo alto del andamio, sino el hecho de que dispone de todas las piezas necesarias para ejecutarlo. En especial, de una vasta colección de interiores a pierna cambiada listos para catapultar balones al espacio y extremos ultrarrápidos a quienes agazapar en la espesura, a la espera de la imprecisión fatal de un Barça, por otra parte, no demasiado preciso.
 
Sin embargo, por encima de todo y de todos, está Mbappé. Quizá le sorprenda leer que considero al francés un futbolista bastante infravalorado. Espectro mayor de una liga menor, líder de plantillas carísimas pero remendonas y sometido por el ingobernable Messi en el último Mundial, su prestigio depende en demasía de torneos cortos y caprichosos. El inaudito y esperpéntico desgaste de pasarse siete años fichando por el Real Madrid sin hacerlo y su carácter altivo también le han granjeado fama de veleidoso. Pero el testamento de su fútbol es irrefutable. Combina la capacidad física para doblar el espacio y el tiempo con el instinto para procesar en milésimas de segundo lo que más le conviene al balón que acaba de entrar en su campo de inercia.
 
Jules Koundé y Ronald Araújo, esperemos que esta vez sin la candidez posicional que permitió a Vinicius sonrojarlos en la Supercopa, serán casi con total seguridad los encargados de pasar tres horas con Kylian. Lo bueno del asunto para el Barça es que se trata de dos defensas a quienes genuinamente, de todo corazón, les gusta defender. Lo malo es que quizá no hagan otra cosa en todo el partido. Es imperativo que, en París, el Barcelona de Xavi deje de ser un equipo en construcción y sea un equipo capaz de construir la primera catedral de una nueva era. Pero esta vez no con cañas y barro sino con materiales más duraderos. 
 
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