Rafael González-Palencia @juanblaugrana

05.11.2020 08:36h Actualizado: 05.11.2020 08:41 h.

2 min

Una cosa de la que no había duda cuando Ronald Koeman aterrizó su corpachón en el banquillo del Barça era de que la escuela holandesa había vuelto al Camp Nou. Con sus cosas buenas y sus cosas malas, claro está. Hay ratos en que los azulgranas hilvanan un fútbol veloz y chispeante, que arrincona al rival en su área con bastante facilidad. Pero, como en casi todos los equipos en reconstrucción que optan por un modelo eminentemente ofensivo, en este Barcelona anaranjado también fallan muchos conceptos relativos a la presión y el repliegue.

Esa falta de engranaje, explicitada ayer tras el gol de Piqué al Dinamo de Kiev, al que siguieron casi más discusiones y correcciones entre el central y sus compañeros que abrazos y alegrías, desempolva definitivamente un viejo problema: el tembleque defensivo.

Ojo, no es lo mismo el tembleque que el caos, síntoma de un Barça decadente en muchos momentos de las últimas dos temporadas. Incluso en contra de la opinión mayoritaria, estoy dispuesto a sostener que este equipo de Koeman defiende mejor que los de sus antecesores. Para empezar, porque ahora juega con un lateral derecho y no con un centrocampista reconvertido. Pero es cierto que también asume más riesgos como colectivo. Ya saben, el cruyffismo es defender atacando: me meten tres goles pero gano yo porque marco cinco.

El problema es que los rivales empiezan a darse cuenta de que esperar al Barça en bloque y aguantar el chaparrón para salir a la contra en ventaja vuelve a merecer la pena. Busquets ya no está tan rápido como para llegar a corregirlo todo, pero no por eso deja de intentarlo, luego a su espalda hay campo abierto. Lo detectó el Alavés, aunque para no perder debió apelar a la épica y la suerte por culpa de la expulsión de Jota. Y lo repitió el Dinamo, que se convenció todavía más del camino a seguir cuando divisó a De Jong incrustado como falso central. 

Pese a que los resultados en los últimos diez días no han sido desastrosos, incluyendo una victoria de postín contra la Juve (que cometió el error de defender muy arriba), en esta tesitura sorprende una ironía: los dos jugadores más importantes del Barça desde el último triplete, Messi y Ter Stegen, son las dos caras del problema.

Leo, porque pierde más balones que nunca en el instante decisivo de la creación ofensiva, ese en el que ya tiene a más compañeros por delante que por detrás. Un poco por el clásico exceso que cometen todos los azulgranas a la hora de buscarlo, pero también un mucho porque la bola ya no se le pega al pie con el magnetismo de cuando era más joven. Y MAtS, porque cuando el delantero de turno llega solo, solísimo, al área culé para culminar el contraataque fulgurante tras recuperación, se rompe la nariz contra el mejor portero del mundo.

No le voy a engañar: lo que queda por delante es vértigo, astuto lector. Si quiere usted calmar sus nervios, mire a Ansu Fati. No le puedo dar otra solución.

P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

 
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